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Desarrollo social, dignidad y acumulación de capital (Resumen) La oculta realidad nacional detrás del injusto desplazamiento de colombianos desde Venezuela

Desarrollo social, dignidad y acumulación de capital (Resumen)

La oculta realidad nacional detrás del injusto desplazamiento de colombianos desde Venezuela

Leonardo Gutiérrez Berdejo, Ec. Mg.*

El desarrollo económico, ha sido un asunto de vital importancia en la vida de los pueblos. Por lo mismo, ha sido el concepto del que más se ha hablado y escrito durante muchos años en los estudios de la ciencia económica y, posiblemente, en otros estudios más. Su muy importante contribución a los derechos humanos, lo hizo y lo ha hecho merecedor de la atención cuidadosa de los responsables del manejo y dirección de los sistemas políticos y económicos de países con cierto grado de seriedad, comprometidos con el bienestar de sus pueblos. Para desgracia de muchos, en los ejercicios de la política económica, como consecuencia del frenesí acumulativo neoliberal de finales del siglo XX y comienzos del XXI, como ha sido el caso colombiano, esto no ha sido un asunto de primer orden.

De la dignidad, se han ocupado algunos filósofos e importantes diccionarios para indicarnos que es la cualidad de las personas sensibles al desprecio, a la ofensa, a las humillaciones o a la falta de consideración. Equivale, según María Moliner, al empleo que da respetabilidad a la persona que lo desempeña, ejemplo dignísimo presidente, ministro, honorable senador, representante, general, altísimo cardenal, etc. Otras equivalencias van unidas a caballerosidad, decencia, decoro, estimación, etc.

El desarrollo social (léase humano), por su parte, es un concepto mucho más elaborado y para simplificarlo: es la gente, es la vida respetada en todos y todas…es el proceso de hombres, mujeres, niños y ancianos que transforman sus posibilidades humanas y naturales en plenitud, tranquilidad y sostenibilidad colectivas a través de un esfuerzo de creación, producción y distribución justo e incluyente, como bien lo señala el riguroso Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2003, elaborado para Colombia por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. El desarrollo humano no es un concepto abstracto ni una lloricona imploración por la caridad pública o por la expedición de políticas públicas para lograr soluciones reales, no demagógicas ni oportunistas, para las necesidades más apremiantes de la gente, pero no la de cualquier gente, nos referimos a la de la gente pobre, desposeída, hambrienta de salud, de vivienda, educación, alimentos y de tierra y capital para trabajar, como la que tenemos por millones en este país.

 El drama contemporáneo de Colombia y de su conflicto, por no hablar de su tragedia histórica, radica en gran parte, es que todavía permanece anclada y vestida con el ropaje de la violenta codicia y de la ambición desmedida de las poderosas élites, amancebadas con las prácticas neoliberales y aunadas hoy a la corrupta clase política en todos los niveles regionales y a otras organizaciones con suficiente poder acumulados durante siglos, que concentran y apropian para sí la mayor parte de la riqueza nacional –tierra, capital y trabajo- como bien lo atestiguan todas las cifras dadas a conocer por intermedio de sus propias agencias y oficinas, entre ellas el DANE, el Banco de la República y Planeación Nacional y, otros organismos más que, cifras que, aunque amañadas, mutiladas y, finalmente, desvirtuadas, para ocultar la verdad, algo nos dicen.

Para encubrir todas y sus propias mentiras indignas, indecentes y faltas de respeto por el otro, (con el otro, me refiero al desposeído), esta élite oligárquica,  no han abandonado sus viejas criminales prácticas de continuar marcando con un deshonroso hierro candente a los desposeídos y de sellar con anchas mordazas las bocas de los pobres de amplias regiones del país, sumidas por largo tiempo en la violencia de todo tipo. No conformes con esto, ha recurrido a la práctica de señalar con el estigma de “terroristas” “guerrilleros” y otros degradantes y peligrosos calificativos, en una pretensión de callar las voces de quienes, de un modo u otros, se han dedicado a reclamar justicia o desarrollo social

El drama que hemos presenciado en los últimos días de los desplazados por el gobierno venezolano contra un poco más de mil colombianos, tiene mucho de tragicómico, De cómico, puesto que la poderosa élite nacional, como en muchas otras ocasiones, puso a funcionar todos los  mecanismos de información y difusión para señalar la supuesta perversidad de un gobierno extranjero con un sistema económico diferente que, con dificultades ciertas trata de corregir y de combatir muchos de los problemas, entre ellos, el del flagelo económico del desabastecimiento que padece, ocasionado en gran parte, y, por cuenta, de la también poderosa élite oligárquica venezolana que no ha ahorrado nada  para recurrir con saña a las más reprochables y criminales prácticas, con el fin de desestabilizar el régimen legítimo actual. Este poderosa y despiadada élite opositora, no lo pasemos por alto, es aliada natural de un sector de la oposición colombiana.

Aprovechando la desmedida y apresurada operación venezolana, archiconocida de antemano por la Cancillería y el Ministerio del Interior, la élite y el resto de la clase dominante colombiana, con ocasión del momento que ofrece la coyuntura electoral, ha pretendido mañosamente ocultar la verdadera realidad del conflicto escondido y encubierto en este éxodo de miles y miles de compatriotas pobres y excluidos de toda posibilidad económica, política y social en nuestro país, que tuvieron que emigrar a otras latitudes en busca de oportunidades mejores y ciertas que no encontraron aquí y se fueron lanzados en pos de un mejor futuro, en procura de conservar la vida. Este problema, agigantado, hace ya mucho tiempo, por las prácticas criminales y mafiosas, creadas alrededor de los alimentos, la gasolina, las armas, los medicamentos y otros bienes de consumo diario, y, desde luego, por la rentosa operación ligada al diferencial cambiario, empleadas por uno y otro bando de los grupos opositores y sectores dominantes del sector financiero, es el que ha sido objeto y centro de una jugada política perversa pero “genial y brillante”, ideada y planificada con fines políticos opositores y mediatizada por los pregoneros del régimen con cruel sadismo, en vivo y en directo, en un escabroso tiempo real, con un despliegue a lo cinematográfico de toda la camada de los mejores voceros que supieron entregarnos, a ciencia cierta, este desplazamiento inusual e injusto ocurrido desde Venezuela hacia nuestro territorio.

Nunca antes estos brillantes y confesos informadores, con excepción de algunos pocos que para bien del país brillan en el periodismo nacional, nos habían entregado una presentación tan viva e impresionante  tanto por la riqueza del material empleado, como por la calidad fílmica “hollywoodense”, solo visto en los últimos mundiales de futbol, de golf y en los de la fórmula uno, en la que no faltaron actores ni escenarios, diálogos ni ambientación. Para vergüenza del verdadero periodismo nacional, independiente y libre, y para desgracia de los que presenciamos el injusto y precipitado drama, sobró, por el contario, mucho silencio, oportunismo, encubrimiento, entresijos y demasiada “mano negra periodística” y faltó, en notoria abundancia, lo que nunca debe faltar en un periodismo profesional: profundidad, mesura, investigación, memoria, claridad y verdad, mucha verdad. Esta consideración, hay que señalarlo,  no fue accidental, ni fortuita, sino provocada, premeditada, bien calculada, medida y entregada al gran público, atiborrado de deplorables noticias, a la exacta medida de la verdadera, pero escamoteada realidad del conflicto colombiano y del proceso de paz que se desarrolla, con el propósito de continuar y afianzar toda la mentira histórica tejida a lo largos de muchos años y que busca sepultar la realidad trágica de nuestro pueblo.

La triste realidad de estos desplazados colombianos por cuenta de las autoridades del vecino país es que, en su gran mayoría, unos son arrojados, echados de nuestro propio territorio colombiano; otros, víctimas de la violencia interna que ha arrasado nuestra geografía nacional y los más, los desplazados del hambre, de la inseguridad y de la carencia de todo. Provienen principalmente de los sectores campesinos más deprimidos de los departamentos de la Costa Atlántica y, en una gran mayoría, son o del víctimas del paramilitarismo, de la imparable ampliación territorial por cuenta de los grandes poseedores de predios, de la violencia y del hambre.  En  dónde estaban los gobernantes de turno y en dónde esas políticas públicas que en su momento tuvieron que darse para evitar que esta vergüenza de la emigración y del desplazamiento obligado o voluntario nunca se diera en nuestro país. El respeto más digno es el que se da entre las personas de la propia casa, no aquel que esperamos en la ajena. Por qué habría de pedirse a otros gobiernos un respeto y un trato digno para nuestros hermanos de sangre, cuando nuestros gobiernos  nunca han podido otorgarlo; qué moral política, negada en nuestro propio suelo, respaldaría esta exigencia. Ninguna, hemos de responder.

Un país, como lo es el nuestro, en donde se ha deslegitimado la protesta social para encubrir todas las desgracias derivadas de la bárbara acumulación de los factores productivos y del poder; en el que se ha utilizado la represión desmedida y cruel de la fuerza pública para eliminar a los líderes responsables de las protestas sociales e imponer un orden inapropiado y selectivo; en el que se ha ignorado la urgencia de políticas públicas a favor del bienestar y de la seguridad social; en el que los grupos minoritarios de todo tipo sufren el estigma de los que se creen dueños de la moral y representantes de la colombianidad; en el que guerra degradada ha hecho de lo suyo, especialmente contra las más desfavorecidos e impotentes; en el que el rentismo, la criminalización, la lógica del terror y de la corrupción de los sectores políticos y un país en el que se le ponen todo tipo de trabas y obstáculos a la paz y que ve solazarse y campear, como Pedro por su casa, tanto o más, la exclusión social, la pobreza, las enfermedades, la desnutrición y la falta de oportunidades de manera abierta y oronda, y sin que se haga algo para remediarlo, no creemos que sea un país que tenga la autoridad moral para exigir en otros lo que no ha podido dar.

La verborrea oficial, periodística y la de los políticos oportunistas de turno que saben aprovecharse de la tragedia y del dolor ajeno, ha hablado, y fingen, a su vez, un llanto con lágrimas de cocodrilo en sus ojos, ha reclamado respeto y dignidad para nuestros desplazados colombianos del vecino país, pero disimulan y tapan con descaro el verdadero origen histórico de este problema, para decirlo en términos académicos, y por supuesto, el verdadero quid de la problemática. Para nadie es un secreto que tanto la oposición venezolana y colombiana a los gobiernos de turno, fueron los artífices o creadores de los desplazamientos en Colombia y de los asentamientos miserables en tierras venezolanas de miles y miles de colombianos que luego, sin el menor recato, entregaron a las mafias contrabandistas de ambos países que los utilizaran para desestabilizar y desprestigiar a ambos gobiernos, pero especialmente el actual de Venezuela y el proceso de paz adelantado en Colombia, como bien se desprende de los apuntes informativos de última hora.

Rechazamos con toda el coraje la decisión de expulsar de Venezuela a este grupo de colombianos y el desmedido uso de la fuerza empleado por las autoridades, no propio de un gobierno que presume de democrático y bolivariano, pero estamos lejos de apoyar la hipócrita y despreciable actitud de nuestros gobernantes y políticos que, en medio de la euforia de los desplazamientos internos realizadas por la exclusión, la violencia oficial y de las bandas criminales, desean perpetuar las mentirosas prácticas seudo democráticas con las que han querido disfrazar el desarrollo humano y perpetuar así un sistema de acumulación de la riqueza nacional, causante en gran medida de este problema que estamos presenciando hoy y en el que la dignidad y el respeto del hombre, de la mujer, de los niños y de los ancianos de Colombia están de por medio.

 

  • Miembro del Taller de Escritores Gabriel García Márquez

 

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